Ciencia-ficción
A propósito de las declaraciones hechas por el actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, y de un artículo que apareció publicado en el diario “El mundo”, titulado, Un laboratorio, un virus: ¿peligro terrorista?, me pareció interesante tratar este controvertido tema en “cuadernos de opinión”.
Habiendo cientos de patologías pendientes de ser estudiadas ¿qué oscuras razones, conducen a algunos países del mundo a investigar enfermedades erradicadas o desaparecidas?, sobre todo, si además ello conlleva un riesgo para toda la humanidad, si se produjera un escape accidental o provocado de los gérmenes con los que trabajan, como no pocas veces hemos visto en películas de ciencia-ficción.
Una de las patologías más estudiadas, ha sido “La Gran gripe” y la razón fundamental de ese interés reside en que quien lograra inocular esta enfermedad en un enemigo, sin riesgo a contraerla, contaría con la mejor arma de destrucción masiva jamás diseñada. Un arma devastadora para el ser humano, sin imparto sobre estructuras materiales o sus bienes, la bomba inteligente perfecta.
“La gripe de 1918”, “La Gran gripe”, fue también, mal llamada, “Gripe española”. “La Gran gripe”, como debería llamarse, y conseguir, del mismo modo que los mexicanos consiguieron que la directora general de la Organización Mundial de la Salud, Margaret Chan, cambiara en 2009 el nombre de “Gripe mexicana”, como internacionalmente se la estaba conociendo, por el de “Gripe porcina”, y más tarde por el de “Gripe A” (o más técnicamente “Gripe A H1N1”) al percatarse de que tampoco el pobre animal era el responsable, se le llamó “Gripe española” sólo por el hecho de que, tras registrarse los primeros casos en Francia y pasar la enfermedad a España (un país que al no estar en guerra no ocultó los datos estadísticos de morbimortalidad), dejó clara constancia de la verdadera dimensión y gravedad del proceso. “La Gran gripe” posiblemente apareció en oriente, en el Tíbet, en 1917. Se observó por primera vez entre las tropas acuarteladas en Kansas, USA, antes de ser trasladados a Francia para entrar en guerra en 1918. España terminó siendo uno de los países más afectados, con casi 8 millones de personas infectadas y alrededor de 300.000 muertos (147.114 según recogieron las imprecisas actas oficiales de la época), aunque nada comparado con La India, el país más castigado del mundo, con más de 15 millones de fallecimientos, lo que en algunas zonas representaban la cuarta parte de la población.
“La Gran gripe”, fue la primera gran pandemia (epidemia geográficamente universal) y el problema de salud más grave vivido por el hombre hasta aquel momento. Causó un estado de histeria colectiva tal, que en algunos países se llegó a implementar desde toque de queda, hasta la detención de ciudadanos que deambularan por la calle sin protección respiratoria. “La Gran gripe”, fue una enfermedad de inusitada gravedad, oscurecida en notoriedad por los eventos de la guerra. Irónicamente, no sólo multiplicó varias veces el número a los caídos en combate, sino que además superó con creces la cantidad de víctimas a la Peste Negra.
La tasa de mortalidad real de “La Gran gripe” no se conoce a ciencia cierta, pero se estima que del 10% al 20% de los infectados morían. La gripe pudo haber causado la muerte a 25 millones de personas en las primeras 25 semanas tras la aparición del brote. Antiguas estimaciones indicaban que desde 1918 a 1920 murieron entre 40 y 50 millones personas en todo el mundo, pero estimaciones más actuales y realistas sitúan la cifra de muertos entre 50 y 100 millones, aunque otros epidemiólogos dicen que fueron menos de 200. Como comparación, el SIDA ha causado la muerte de 85 millones de personas en todo el mundo, pero eso, en 50 años.
A diferencia de otras epidemias de gripe, que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de la victimas de “La Gran gripe” fueron jóvenes y adultos saludables, además de perros y gatos.
Desvelada la mortandad que provocó “La Gran gripe”, hasta hace poco sólo se habían producido pandemias por virus de la gripe de los subtipos H1, H2 y H3, pero nunca del subtipo H5. Esta variante se pensaba que sólo afectaba a aves y que no infectaba a humanos, hasta que en 1997 en Asia se detectó el primer caso de transmisión de ave a humano. Desde entonces, se han producido 565 infecciones en humanos, 331 de los cuales han muerto (más del 50 % de los infectados), lo que evidencia su gravedad.
En octubre de 2005 la revista Science, publica que en el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Atlanta en Estados Unidos (un laboratorio de bioseguridad NIVEL III y que según parece desarrolla vacunas para el Departamento de Defensa de los EE. UU.), han logrado, mediante técnicas biomoleculares de Genética Reversa, secuenciar genéticamente el virus de “La Gran gripe”. El virus de «novo» fue «rescatando» de tejidos pulmonares crioconservados. Los investigadores encargados del estudio reconstruyeron el virus quimera y evaluaron su virulencia en ratones, embriones de pollo y células pulmonares humanas «en un intento de descubrir, según ellos, que lo hizo tan mortífero». Al igual que el original, el virus reconstituido mató en pocos días a los ratones, y se comprobó que también mataba a los embriones de pollo del mismo modo que el virus aviar H5N1. Pero si esto es así y rescatar el virus de “La Gran gripe” no tenía otro fin que el conocer su comportamiento in vivo y poder prevenir y tratar la enfermedad, en caso de que dejase de ser una zoonosis y se empezara a transmitir entre humanos, ¿por qué Estado Unidos se opone a que dos grandes revistas científicas, Science y Nature, publiquen una investigación sobre un mortal virus mutante de gripe aviar?.
Según varios experimentos realizados en el Erasmus Medical Center de Rótterdam, en Holanda, por un virólogo llamado Ron Fouchier, cinco mutaciones en cinco puntos distintos del genoma del virus de la gripe aviar H5N1 le permitirían transmitirse con facilidad entre humanos. El estudio está pendiente de publicación, porque la agencia estadounidense NSABB (consejo asesor científico nacional para la bioseguridad) planteó el riesgo que derivaba de dar a conocer datos que pudieran ser una guía para elaborar un arma bioterrorista.
Estos experimentos han dejado datos tan valiosos como incómodos, así que el Instituto Nacional de Salud Norteamericano (NIH), tratando quizás de dilatar en el tiempo su publicación y aplicado esa máxima tan suya, si no puedes con ellos…, «cómpralos», perdón,… únete a ello, decidieron financiar una investigación del grupo del profesor Fouchier y otra del profesor japonés, Yoshihiro Kawaoka, para averiguar cuántas infecciones eran necesarias antes de que el virus adquiera la capacidad de transmitirse por vía aérea. Utilizando como modelo animal el hurón (Mustela Furo) y asumiendo que estos datos se puedan extrapolarse a humanos, se demostró que la trasmisión entre en hurones se producía tras diez infecciones.
Es cierto que estos resultados pueden ser la receta de un arma bioterrorista, pero no es menos cierto que ésta censura impuesta por Estados Unidos constituye una intromisión inadmisible en el legítimo derecho de otros países y del mundo científico en particular para dar a conocer los detalles de una investigación que permita mejorar la salud y la seguridad pública de terceros, o es qué nadie puede investigar sobre estos temas, más que ellos. Quién ha elegido a Estados Unidos como juez, parte y censor.
Explicado el riesgo que supondría la aparición de otra gran pandemia de gripe aviar, yo hasta ahora sólo les he hablado del virus de la influenza, pero existen otros muchos virus o bacterias capaces de ser usadas como armas. Técnicamente las armas biológicas son «cualquier patógeno (bacteria, virus) u organismo (Ricketsias), que causen enfermedad», ya que cualquier sustancia tóxica no viviente utilizada como arma, aunque se extraiga de plantas, animales o microorganismos vivos (toxina botulínica, ricina o saxitoxinala, curare), se considera un armas química. Según la Convención de Armas Químicas de 1993, también se considera como tal «cualquier sustancia química tóxica, sin importar su origen (Chloropicrin, Fosgenos, Lewisita, Gas Mostaza o los agentes nerviosos G, V o del tipo Novichok), hasta las radiaciones sin fuerza explosiva», como las que causaron la muerte al espía ruso Alexander Litvinenko, según confirmó Scotland Yard.
Un arma química o biológica puede estar destinada a matar, discapacitar o impedir seriamente la respuesta de un individuo (envenenamiento con dioxina del presidente de Ucrania, Víctor Yúschenko), una ciudad (los 5.000 muertos causados por Saddam Husein en Halabja, al atacar a su propio pueblo con gas mostaza, sarín y tabun) o áreas geográficas enteras (el agente naranja, ampliamente usado en la zona norte de Vietnam durante el conflicto del mismo nombre). La guerra biológica es una técnica militar que puede ser usada por Estado-Nación o por grupos no nacionales, así que lo manifestado por el presidente de Venezuela, aun aceptando los delirios paranoides contagiados del castrismo, no es del todo descabellado y no le falta razón cuando hacer notar que parece extraño que, en un periodo de tiempo muy corto, cinco presidentes de Latinoamérica «poco afines a Estados Unidos», padezcan alguna variedad de cáncer que compromete sus legislaturas. (aunque Lula da Silva haya concluido su mandato, o a Cristina Kirchner quien, sino nos engañan, no tiene cáncer y le han extirpado el tiroides de forma profiláctica). Es cierto que a la luz del conocimiento científico actual, no parece que exista en estos cinco casos algún otro factor que no sea el azar, pero a mí tampoco me parece un mal guión para una película de ciencia-ficción.
No me consta que haya algún arma biológica o química capaz de inducir la anárquica celular que se produce en el cáncer, pero si nos interesa conocer los marcadores inmunohistoquímicos antes de aplicar un tratamiento, por qué no interesaría estudiarlos para hacer lo contrario. Además, quién soy yo para tener conocimiento sobre estos temas, sí Estados Unidos se subroga mantener en secreto muchos hallazgos científicos, según expuse anteriormente, algunos de ellos hechos por terceros. Por eso me pregunto: ¿Quién nos puede asegurar que no se hayan desarrollado armas químicas o biológicas capaces de estimular el crecimiento y división celular más allá de los límites normales, si ya se hace terapia génica personalizada para tratar cánceres avanzados?. ¿Quién nos puede rebatir que no se pueda introducir un oncogén en el ADN de una célula normal e inducir las replicaciones de una extirpe celular con alteraciones neoplásicas?. ¿por qué no puede haber un modo de favorecer el crecimiento de pericitos, disminuyendo las zonas hipoxia de los tumores favoreciendo así su extensión?. ¿Qué certeza tenemos de que no se haya logrado inhibir anticuerpos monoclonales de los receptores HER (receptores del factor del crecimiento)?. ¿Quién nos puede negar que no se haya desarrollado un mecanismo capaz de inhibir el suicidio celular (apoptosis) o la producción de las proteínas, enzimas o genes supresores, encargados corregir los errores genéticos de las de las células cancerosas?. Y la respuesta a todos estos interrogantes, es que «nadie puede responderlas».
Pero si «nadie puede resolver estas cuestiones», por qué no nos plantearnos otra ¿es posible que un “Estado de Derecho” hoy día sea capaz de anular todas las garantías y eliminar a sus enemigos y sin que medie guerra alguna?, y la respuesta es «sí» y sino repasemos juntos algunos acontecimientos de nuestra historia más reciente, como por ejemplo: las extrañas muertes en la cárcel de los integrantes la banda Baader-Meinhof en Alemania, las circunstancias en la que tres terroristas del IRA fueron abatidos por la policía británica en Gibraltar o la guerra sucia del GAL contra el terrorismo de ETA en época de Felipe González. Recordemos cuando el Mossad creó una unidad encubierta que dio caza, en distintos países, a los responsables del atentado de Múnich, cuando el Rainbow Warrior (un barco de Greenpeace) fue bombardeado y hundido por miembros del servicio secreto francés en Nueva Zelanda causando la muerte de un fotógrafo o más recientemente, la localización y muerte en Pakistan de Osama Bin Laden, a manos de un grupo especial de operaciones de la marina Norteamericana (SEALS). No hace falta ser muy listo para saber que tras la muerte del espía ruso, Alexander Litvinenko en Londres, estaba el Kremlin. Ni que decir tiene, el halo de misterio que siempre han rodeado las muertes de John Fitzgerald Kennedy y de Marilyn Monroe, de Albino Luciani (Juan Pablo I), del disidente búlgaro Gueorgui Ivanov Markov, de Roberto Calvi (el banquero de Dios), el líder de la OLP, Yaser Arafat, tras padecer una leucemia fulminante, la del ex presidente chileno Eduardo Frei Montalva envenenado con talio y mostaza sulfúrica en el propio hospital en el que habia sido operado y del presidente de Polonia Lech Kaczynski, o de la muerte en un raro accidente de tráfico de la princesa Diana y Mohamed Al Fayed.
Si los servicios secretos sólo recaban información sensible para sus países, deberíamos preguntarnos qué hacía sobrevolando durante dos horas una zona estratégica de la unión Soviética, antes de ser interceptado y derribado por un Mig 23 el 31 de agosto de 1983, un Boeing Coreano en vuelo regular entre Nueva York y Seúl. Qué hacía David Coleman Headley, un espía de la CIA, entre los Mujaidines Indios del Deccan, que perpetraron los atentados de Bombay en noviembre de 2008. Qué importancia tenía para Rusia Anna Chapman, una atractiva espía, que fue intercambiada por no sabe Dios cuántos agentes de la inteligencia americana en 2010. Qué credibilidad os merece el inspector José María Ballesteros, quien tras negar reiteradamente su relación con el chivatazo del bar Faisán, al verse descubierto en las cintas vídeo, nos dice que todo fue una acción de la Policía Nacional destinada a proteger un infiltrado que tienen dentro del sistema de extorsiones de ETA. En fin, crean lo que quieran, pero si tiramos de hemeroteca puede que Chávez no esté tan descaminado, al tratar de establecer una relación entre la guerra sucia y su propia enfermedad y puede…, y sólo digo puede, que su teoría de la conspiración no sea ciencia-ficción.