El 13 febrero de 2007 escribí en este blog una columna, cuya copia también remití como “cartas al director” al diario El Mundo y que no fue publicada «quizás por el escasa “relevancia” del tema tratado». En aquel artículo, alertaba a mis lectores sobre los riesgos del parto domiciliario, que tantas alabanzas había recibido semanas antes en un programa de televisión llamado Documentos TV. En aquel documental se dibujaba el parto domiciliario como un parto “idílico” en el que una mujer paría en casa rodeada de seres queridos, sin dolor y en la postura preferida, donde no se precisaba episiotomía ni se producían desgarros, donde el alumbramiento se completaba en tiempo y forma y el útero se contraía espontáneamente sin hemorragias ni infecciones y donde cualquier actuación médica parecía una injerencia. Los entrevistados acusaban al médico, de someter a las parturientas a un control abusivo, de tratarlas, quizás por exceso de celo, como enfermas, cuando el parto en realidad era un proceso natural y de robarles el protagonismo.
Yo decía que el parto medicalizado, aún reconociéndole grandes defectos, era que había permitido salvar miles de vidas en España, reduciendo a la mitad las tasa de morbimortalidad perinatal y materna en menos de 25 años, que según datos de la OMS, la mortalidad materna era una de las más bajas de Europa, con un 3,5 por 100.000 partos y que la mortalidad infantil había pasado del 18,9 por cada 1000 nacidos vivos en 1975 al 5,5 en 1995.
No habían transcurrido más de dos años de aquel repostaje televisivo –en el que la mayoría de los entrevistados eran holandeses-, para que en el diario El País se publicara un artículo a cuatro columnas en el que se decía que «en Holanda se estaba planteando no recomendar los nacimientos en casa debido a la mayor mortalidad perinatal». Según datos extraídos del informe Peristat II (informe elaborado en 2004 por el Departamento de Salud Pública de la Comisión Europea en los 25 países comunitarios y Noruega), «en Holanda se registraba una de las mayores tasas de mortandad perinatal de Europa, con 10,9 fallecimientos por cada 1000 nacidos vivos, siendo superada tan sólo por países como Letonia, con 11 muertes por cada 1000 nacidos vivos». En dicho estudio, se decía además «que entre los países mejor situados estaban Suecia, Luxemburgo y España, con menos de 5 muertes por cada 1000 nacidos vivos», cosa que ya sabíamos.
Han pasado ahora otros dos años más para que una luctuosa noticia, fechada el día 23 de enero de 2012, pusiera de manifiesto la vigencia de las exhortaciones formuladas en aquel “irrelevante” artículo y era que una de las más apasionadas defensoras el parto domiciliario, la australiana Caroline Lovell, de 36 años, había fallecido en su casa de Melbourne mientras daba a luz a su segunda hija.
Aun sin conocer las causas que provocaron la parada cardiaca a la activista, dado que cuando llegaron los médicos la parturienta aún estaba viva (murió un día más tarde) y que se pudo salvar la vida de su hija Zahra, todo apunta que de haber estado un medio hospitalario, el desenlace podía haber sido otro.
Esta tragedia ha vuelto a encender el debate sobre la seguridad de los partos caseros, una práctica cada vez más habitual en países desarrollados de todo el mundo y sobre los cuales en 2009, Caroline Lovell, dijo “personalmente, estoy sorprendida y avergonzada de que el parto domiciliario no sea una elección libre para las mujeres en embarazos de bajo riesgo” y había solicitando al gobierno australiano: más apoyo estatal para las mujeres que quisieran parir en casa, más formación para las matronas que quisieran realizarlos, mayor protección jurídica y una financiación adecuada.